Pareja durmiendo abrazada

Libido sexual

Por qué no reaparece el deseo sexual tras el parto

En el puerperio, la conexión con el bebé reclama una vida llena de abrazos y caricias. Es una oportunidad para descubrir una sexualidad más tierna y completa

Laura Gutman

Llegó la hora de decirnos la verdad unos y otros: el posparto no dura cuarenta días. Las mujeres que acabamos de tener un bebé no estamos en condiciones físicas ni emocionales de mantener relaciones sexuales con penetración tras este período, aunque nos hayan practicado una cesárea y nuestros genitales estén intactos.

Con el nacimiento del niño, las mujeres nos sentimos transportadas a un planeta extraño donde toda la libido ha sido desviada hacia el cuidado del bebé, la lactancia, la disponibilidad física y afectiva, y la preocupación cotidiana por el bienestar del hijo. De ese modo estamos en una permanente actividad sexuada que sostiene el vínculo con el bebé y no nos quedan ganas para nada más.

Sin embargo, nos sorprendemos cuando el deseo sexual no aparece como estábamos acostumbradas. Nos sentimos culpables, en especial cuando el obstetra nos da “permiso” para reanudar las relaciones sexuales.

La libido se desvía hacia el cuidado del bebé, la lactancia y la preocupación cotidiana por su bienestar

Por eso el cuerpo no responde. La libido está desplazada hacia los pechos donde se desarrolla la actividad sexual permanente, tanto de día como de noche. El agotamiento es total. Las sensaciones afectivas y corporales se tornan extremadamente sensibles y la piel parece un fino cristal que necesita ser tocado con extrema delicadeza. El tiempo se prolonga, cualquier ruido es demasiado agobiante y nos fusionamos en las sensaciones del bebé, es decir, en la vivencia de nadar en un océano inmenso y desconocido.

Afán de complacer

Tenemos la decisión intelectual de responder a las demandas de acercamiento del varón, de satisfacerlo y, también, de reencontrarlo. Pero no funciona, a menos que nos desconectemos de las sensaciones íntimas y verdaderas (para lo cual muchas de nosotras estamos muy bien entrenadas). Normalmente estamos tan poco conectadas con nuestra propia sexualidad, profunda y femenina, que navegamos fácilmente en el deseo del otro, en parte por el afán de complacer y en parte para ser queridas y aceptadas.

Así nos alejamos de nuestra esencia y así nos acostumbramos a sentir según los parámetros de otro cuerpo, de otro género. Nos desorientamos ante el desconocimiento de nuestras propias reglas dirigidas por una feminidad que pasa desapercibida en la profundidad de nuestro ser esencial. Es esa esencia del alma femenina que explota en el vínculo fusional que se establece entre el bebé y la mujer florecida.

Encuentros delicados

¿A qué nos obliga la presencia del niño? A que ambos, varón y mujer, nos conectemos con la parte femenina que llevamos dentro, que es sutil, lenta, sensible, hecha de caricias y abrazos. Es una sexualidad que no necesita penetración ni despliegue corporal; al contrario, prefiere tacto, oído, olfato, tiempo, palabras dulces, encuentro, música, risa, masajes y besos.

Mujeres y hombres podemos conectar con nuestra parte femenina, que es sutil, sensible, hecha de caricias y abrazos

En esa tonalidad no hay riesgo, porque no lastima el alma femenina fusionada con la del bebé. No hay propósitos, incluso a veces no hay orgasmos, ya que lo que importa es el encuentro amoroso y humano. Hay comprensión y acompañamiento sobre la realidad física y emocional por la que atraviesa fundamentalmente la mujer con un niño en brazos. En este sentido es importante percibir que el niño pequeño está siempre en brazos de su madre, aunque materialmente esté durmiendo en su cuna; es decir, que participa emocionalmente del encuentro amoroso entre sus padres. Por esta razón resulta tan indispensable que nuestros encuentros sean dulces, suaves, susurrantes y acogedores.

La aparición del hijo nos da la oportunidad de registrar y desarrollar por primera vez las modalidades femeninas que tanto hombres como mujeres conservamos como parte de nuestros funcionamientos sociales, afectivos y, por supuesto, sexuales. Dicho de otro modo: sin objetivos previos, sin obligación de llegar al orgasmo, sin demostración de destrezas físicas.

La presencia del bebé

Todas las mujeres deseamos abrazos prolongados, besos apasionados, masajes en la espalda, conversaciones, miradas, calor y disponibilidad del varón. Pero se genera un malentendido cuando las mujeres nos acercamos físicamente pidiendo cobijo y abrazos pero temiendo que esto sea interpretado como invitación al acto sexual con penetración obligatoria. Entonces las mujeres solemos distanciarnos de antemano para protegernos, rechazando cualquier gesto cariñoso, y ahondando así el desconcierto del varón ante el aparente desamor.

Buscar la plenitud

Si los varones tuviésemos permiso interno y social para acercarnos a nuestra mujer intercambiando caricias, palabras y algo de humor, también descubriríamos que eso es todo lo que necesitamos. No estamos desesperados por eyacular. Al contrario, nos sentimos algo solos, cansados, agobiados en nuestro nuevo rol paterno y deseamos sentir que, en esta aventura, estamos juntos.

Feminizar la sexualidad nos permite explorar capacidades de comunicación y afecto que en otras circunstancias no desarrollaríamos

Por eso es imprescindible que feminicemos la sexualidad, varones y mujeres, durante el período de la fusión emocional entre la madre y el niño, o sea alrededor de los dos primeros años. Esto nos permite gozar, y al mismo tiempo explorar capacidades de comunicación y afecto que en otras circunstancias no hubiéramos desarrollado. El sexo puede ser mucho más pleno, más tierno y completo si nos damos cuenta que llegó la hora de descubrir el universo femenino, incluyendo la redondez de los cuerpos, el contacto corporal prolongado y la sensibilidad a flor de piel.

Sinceramente juntos

No es tan difícil. ¡Acariciémonos! Permitámonos que los coitos sean muchísimo más elevados que las meras penetraciones vaginales que logran el título de “relaciones sexuales completas”.

A las mujeres nos sucede que no podemos hacer el amor como lo hacíamos antes de tener el bebé, y a los varones nos ocurre que frente al desconcierto, nos enfadamos, nos angustiamos y nos alejamos. En lugar de estar involucrados en todo lo que nos está pasando en este momento como tríada –bebé incluido–.

De esta manera, quizás algunas mujeres logremos reconocer por primera vez el calor de la sexualidad femenina, que, además de la excitación corporal, incluye una intensa conciencia sensorial.

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